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sábado, 3 de enero de 2015

Amistad.

A la décima llamada de teléfono ya no pude más y me presenté directamente en su casa. Algo extraño noté en su mirada, perdida, sin brillo, muy lejana. La única iluminación era la llama de una vela de vainilla sobre un pequeño velador. Comprendí enseguida que su mente se había cuarteado como una piel sin humedad, proyectando miles de formas y colores recurrentes como las  que observaba embelesado en mi viejo caleidoscopio infantil. Me asustó lo pálido de su tez, el temblor de sus manos, pero no quise llamar al médico ni a Ernestina, su única familia. Tras una rápida ojeada al botiquín, comprobé como estaban aún en la bolsa de la farmacia todas las medicinas que le recetó D. Cesáreo, aquel viejo gruñón amigo de la infancia. Le cogí las manos y empecé a hablarle de nuestros domingos de pesca en el río Arnego, de las noches de baile “agarrao” en el casino, y de los potajes de berros que nos guisaba su abuela Manuela. Algo más tranquilo comenzó a sonreírme tímidamente, esa pequeña legión de recuerdos alivió en parte la zozobra que le aquejaba. Siempre creyó en el poder balsámico de la palabra y en la amistad verdadera.
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