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martes, 8 de julio de 2014

A puerta fría.

Llamé a aquella puerta y me abrió un hombre sudoroso que nada más saber que yo vendía seguros me dio el portazo más brutal que jamás he recibido. Estuvo a punto de romperse el hilo que me unía a la aseguradora, pero en un alarde de sinceridad conmigo mismo cogí la vieja escoba que tenemos todos los agentes de seguros y barrí uno por uno todos los pedazos de frustración y tristeza y decidí seguir adelante. 
Se coló un rayo de sol por la rendija del portón que me abrió aquella ancianita de pelo blanco y aire dispuesto y dicharachero.
-    -¡Qué vende seguros! Pase, quiero que vea unas cosas. Mi marido y yo vivimos de alquiler, pero los muebles son nuestros, no valen mucho pero quiero asegurarlos. Fíjese lo que pasó con mi prima Paquita, lo perdió todo en un incendio, todavía tenía un brasero de butano y… ¿Sabe usted? Un desastre.
-    -Mire, haremos un seguro de hogar sólo de contenido y le quedará cubierto todo lo que tiene dentro de la casa, no le costará mucho y sobre todo se quedará tranquila. 
Salí pensando que esta profesión es así y que había que seguir picando puertas.
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