Páginas

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Inmaculada de Alonso Cano.

«Una pureza virginal que aunaba candor de niña y gravedad de mujer, perfección plástica y soberanía espiritual; esbeltez de palmera, recato de torre marfileña, blancura de azucena envuelta en el azul del lirio, los cielos a sus pies y la adoración estática de manos y rostro...»
Manuel Gómez-Moreno Martínez
 
Foto de Torres Molina
 
Cuentan de Alonso Cano que tenía un carácter iracundo, soberbio y pendenciero. Detrás de estas sombras de su personalidad aflora el genio del artista, arquitecto, pintor y escultor y que en esta obra nos deja su más exquisita sensibilidad y belleza en estado puro. 

En el contexto histórico de esta talla se vive un ambiente de devoción inmaculista del que participaba el artista y que alcanzó un especial significado en su ciudad natal. Recogió toda la reflexión teológica, tratados y teóricos del arte de su tiempo y esculpió una Inmaculada Niña con túnica blanca, símbolo de pureza, y manto azul, símbolo de amor celestial. La palabra manto representa a la madre que envuelve y cobija. Y una media luna con las puntas hacia abajo, símbolo antiguo de la castidad. Los cinco mensajes cristianos de inocencia, obediencia, eternidad, gracia y amor se representan en esta Inmaculada de Cano. Amor, uniendo las manos por las yemas de los dedos, inocencia representando a la Virgen María en su niñez, gracia porque se representa a la Virgen en el momento en el que es elegida para protagonizar la concepción sin pecado para ser madre de Dios, obediencia inclinando la cabeza hacia adelante y eternidad porque la Virgen adopta forma de ciprés, estrecha por abajo y arriba y ancha en el centro. 
 
La escultura está tallada en madera de cedro, mide 55 cm. incluida su base de nubes y querubines y la realizó Cano en 1655. Destinada para coronar el facistol de la Catedral de Granada, se puede contemplar hoy en su Sacristía. Alonso Cano consigue con esta talla la difícil compenetración entre pintura y escultura, al jugar con las formas cóncavas y convexas, la verticalidad de la figura, la policromía azul cobalto del manto, uniforme y sin tonalidades, la profunda emoción que transmite su rostro y sus manos, los órganos libremente expresivos. Así vemos que lo etéreo e ingrávido representado en los pliegues de manto y túnica se conjugan perfectamente con la mirada honda, absorta y tranquila de una niña. Alonso Cano refleja su ideal de belleza femenina: ojos grandes, nariz fina, boca pequeña, piel pálida, mejillas encarnadas y cabello largo extendido por hombros y espalda. Todos estos valores formales, toda la perfección y profundo oficio de Alonso Cano quizás expliquen la intensa impresión que se siente al admirar esta obra cumbre del Barroco español, la aureola de misterio que destila, como el autor logra transmitir sus sentimientos más íntimos y su más alto contenido espiritual.
 

 

 
Publicar un comentario