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sábado, 7 de septiembre de 2013

Robert Doisneau. El beso.


Robert Doisneau. El beso.
 
Al fondo se ve ligeramente desenfocada la fachada neorenacentista del Ayuntamiento de París, situado en la Place de l’Hôtel-de-Ville, sin este edificio parisino la imagen perdería majestuosidad. La focal utilizada casi con toda seguridad es intermedia (50 mm.). En aquella época, estamos en 1950, la mayoría de los fotógrafos sólo se podían permitir utilizar este objetivo, siendo el auténtico objetivo universal. Probablemente la apertura de diafragma fuera f:4,0 resaltando así con nitidez los personajes del primer plano en contraposición con el Hôtel de Ville al fondo. En la instantánea claramente distinguimos tres partes si dividimos la foto en tercios verticales. Los de izquierda y derecha enmarcan a modo de vigías el tercio central, verdadero protagonista de la imagen. Sin querer, la silueta recortada del hombre de gabardina, del que está sentado y del hombre de la boina se erigen en guardaespaldas absortos de los dos enamorados. El tercio central es un prodigio de composición, a los elementos ya descritos se le unen dos automóviles antiguos, un viandante que va caminando contracorriente y una mujer de gesto adusto que fija su mirada en algún elemento que le ha llamado poderosamente la atención. Todos ellos en línea recta con la pareja de jóvenes. El incesante bullir del París después de la II Guerra Mundial se dan cita aquí en todo su esplendor. En el centro de un rombo imaginario dibujado con todos los elementos descritos se sitúan dos muchachos que ajenos a lo que les rodea se besan con una ligera torsión de sus cuerpos. La pose es muy elegante, no hay más que fijarse en la suavidad del gesto en las manos de los dos jóvenes, incluso en el vestuario se aprecia un halo de modernidad que contrasta con el del resto de paseantes. La fotografía es mucho más que un alarde de técnica y estructura, se convirtió sin querer su autor en un símbolo de una ciudad que quiere retomar el pulso vital después de una guerra, reencontrarse a sí misma y erigirse en la ciudad para enamorados. Robert Doisneau tenía una habilidad especial para captar sentimientos y emociones, y logró con la sensibilidad que sólo los grandes fotógrafos poseen legarnos una de las más bellas imágenes de  toda la historia de la fotografía.
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