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domingo, 25 de agosto de 2013

El valle de Noambé.


Me llamo Tom, soy agente de seguros y dos semanas antes de jubilarme me fui a África. De cómo cambié mi despacho en Albawer’s Insurance, repleto de pólizas e informes por el valle de Noambé, no me preguntéis. Aquella llamada de Aseguradores sin Fronteras me regaló el seguro más bonito que jamás haya hecho.
 
La pequeña aldea de Omká la cruzaba un riachuelo de agua purísima, siguiendo su estela me encontré el viejo ébano sagrado que languidecía sin remedio.
-Si muere el árbol- me decía el jefe del poblado- morirá la alegría en esta aldea, los niños perderán la sonrisa. Tom, haznos el mejor seguro.
-Tranquilo. Esto es lo único que me atreví a decir mientras oía el roce de las hojas del ébano con la brisa, emitiendo una melodía finísima, tan dulce como de oboe.
 
Arañé con mis manos en las raíces del árbol, separé con pericia la tierra que se adhería, ahondé y ahondé hasta encontrar un pajarillo de alas tornasoladas, el mismo que halló Pandora en el fondo de la caja. Al verme, feliz, levantó el vuelo, sembrando la esperanza en la aldea.
 
Hoy, a miles de kilómetros del valle de Noambé, aún recuerdo mi último seguro.
 
 
 
Flavio Sevilla.
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